Un sabroso toque white

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arroz con queso
Marzo es un mes de transición: la luz cambia, los días se alargan y también en la cocina se percibe el deseo de ligereza y armonía. Es el momento ideal para llevar a la mesa platos de colores claros y delicados, capaces de transmitir sencillez y equilibrio, tal como sugiere uno de los tonos protagonistas del año, el Cloud Dancer: un blanco suave y luminoso que se convierte en inspiración para un menú salado, elegante pero fácil de preparar.

Para acompañar la comida, se puede apostar por la tradición de Liguria, horneando una focaccia blanca con stracchino, esponjosa y aromática, para servir aún templada en el centro de la mesa. A su lado, pequeños panecillos de leche con miga clara y suave, ideales para acompañar quesos frescos y cremosos. El blanco de las masas, esencial y auténtico, se convierte en la base que acompaña todo el menú.

Como entrante, una tarta salada de ricotta y puerros: un relleno claro y delicado envuelto en una base ligeramente dorada pero de alma blanca. Alternativamente, un plumcake salado de quesos, esponjoso y sabroso, perfecto para cortar en rebanadas y compartir con los invitados. Preparaciones sencillas pero efectivas, que valorizan ingredientes cotidianos y los convierten en algo especial.

Para el primer plato, se puede elegir una lasaña blanca con bechamel y mozzarella, cremosa y envolvente, o un risotto de quesos cuidadosamente mantecado, de color uniforme y apetecible. También los ñoquis o las tagliatelle con salsa de cuatro quesos interpretan perfectamente el tema y pueden volverse aún más gourmet con una ligera ralladura de trufa blanca. Aquí el blanco es confort, es calidez, es una cocina que abraza, pero con un toque de elegancia.

Como alternativa, se puede optar por una crema de puerros o de coliflor, lisa y clara, servida en cuencos muy coloridos para resaltar aún más el efecto visual, o en porcelana blanca, añadiendo un elemento de contraste como unas hojas de mejorana fresca o una pizca de semillas de amapola en la superficie.

Como plato principal, un pastel de patatas y queso, compacto por fuera y cremoso por dentro; una tarta salada de coliflor, hortaliza invernal por excelencia que, con su color natural, se presta perfectamente a este juego cromático; o bien distintos filetes de pescado o carnes blancas, ricos en proteínas y perfectos para emplatar con salsas de yogur como el tzaziki griego y hojas de col cruda finamente picadas.

Llevar a la mesa un menú salado inspirado en el color blanco significa elegir la sencillez. Es una manera de redescubrir el encanto de las masas claras, los quesos frescos y las verduras invernales de tonos delicados. Un blanco que no es ausencia de color, sino equilibrio, armonía y ligereza.

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